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La odontofobia suele originarse en experiencias negativas previas, muchas veces durante la infancia, aunque también puede ser un miedo irracional sin causa concreta. El resultado es el mismo: se retrasa el diagnóstico y los problemas que habrían sido leves llegan a la consulta convertidos en tratamientos más complejos.
La Dra. Irene Esteve, experta en odontología estética, que ha hecho de la vertiente emocional de la odontología parte de su forma de trabajar, defiende un enfoque centrado en la confianza.
“Siempre he tenido claro que no quería dedicar mi vida solo a arreglar dientes, sino a hacer a la gente feliz. Al paciente con miedo no se le convence, se le acompaña. Explicar cada paso antes de darlo, ir despacio y devolverle el control cambia por completo la experiencia. La mayoría no teme al tratamiento, teme lo que no entiende ni puede anticipar. Tenemos herramientas para hacerlo llevadero: desde una comunicación tranquila y sin prisas hasta la sedación consciente en los casos que lo requieren. Nadie debería perder dientes por miedo a sentarse en el sillón”, explica la Dra. Esteve.
La doctora recuerda que posponer la visita alimenta el propio miedo, porque agrava el problema y hace más probable un tratamiento largo. Retomar las revisiones con una primera cita sencilla, sin intervención, suele ser el mejor punto de partida.